

Tuve a mi primer hijo a los 14 años. Desde entonces, viví para los demás: mis hijos, mis estudios, mi familia, el trabajo. Me entregué por completo… y me olvidé de mí. Mi salud, mi cuerpo y mi bienestar quedaron en segundo plano, hasta que la vida me obligó a mirarme al espejo con brutal honestidad.
A los 22 años, con 228 libras encima y apenas 5’3” de estatura, subí a una guagua pública rumbo a la universidad. Quedaba un solo asiento libre. Antes de poder sentarme, una joven gritó delante de todos: “¡Tú no cabes ahí, estás demasiado gorda!”
Ese momento fue un puñal. Había escuchado comentarios hirientes toda mi vida, pero esa humillación pública me rompió por dentro… y me encendió por completo.
Fue mi punto de quiebre.
Esa noche decidí cambiar. Por primera vez, me elegí. Hice una pausa de todo: universidad, trabajo e incluso la rutina con mis hijos. Entendí algo poderoso: si no me cuidaba, no podría seguir dándole lo mejor a nadie. Así comenzó mi transformación, no solo física, sino mental y emocional.
El camino no fue fácil. Lloré, dudé, fallé… muchas veces. Pero me levanté cada una de ellas. Ocho años después, puedo decir que pasé del sobrepeso a ser una figura fitness reconocida. No solo transformé mi cuerpo; también reconstruí mi autoestima, mi disciplina y mi propósito.

Hoy soy madre, empresaria y coach certificada. No fue magia, fue compromiso.
Tuve que sacrificar salidas, gustos, comodidad y hasta horas de sueño. En mis descansos laborales salía corriendo a entrenar, y cocinaba todas mis comidas antes del amanecer. La recompensa no fue solo estética: fortalecer mi cuerpo también fortaleció mi mente.
Aprendí a comer para vivir, y dejé de vivir para comer.
Y ahora, con orgullo, uso mi historia para inspirar. Para mostrar que sí se puede. Porque si yo lo logré, tú también puedes.
¿Cómo fue tu recuperación física tras los embarazos?
No me cuidé. Mi cambio real llegó años después, cuando mis hijos ya caminaban. No fue postparto inmediato ni guiado por expertos: fue autodidacta, lleno de prueba y error.
¿Qué te impulsó a comenzar?
El deseo de verme mejor y amarme. También mis hijos, porque quería ser una madre fuerte, sana y presente.
¿Qué sacrificaste en tu día a día?
Mucho. Entrenaba en mi hora de break, preparaba mis comidas a las 5 am, trabajaba 12 horas en una banca y aún así entrenaba. Todo requería esfuerzo y planificación.
¿Qué fue lo más difícil?
Ver mi piel flácida, sufrir dolores musculares, y manejar la ansiedad por querer resultados inmediatos. Aprendí a tener paciencia y a disfrutar del proceso.
¿Cómo logras el equilibrio entre ser madre, entrenar y trabajar?
No es fácil. Pero la organización ha sido clave. Hay días duros, claro, pero los frutos que veo en mi cuerpo, en mi trabajo y en mis hijos me dicen que voy por buen camino.


¿Cómo entrenas actualmente?
Cinco veces a la semana. Me enfoco en hipertrofia: amo el cuerpo fuerte y definido. Las pesas son mi herramienta favorita.
¿Qué tan importante fue la alimentación?
Vital. La alimentación no solo me ayudó a perder peso, sino que me dio energía, salud y estructura. Aprendí a nutrirme, no a castigarme.
¿Tuviste ayuda profesional?
Al principio no. Todo lo aprendí sola, investigando. Luego me enamoré del mundo fitness y me capacité. Hoy soy entrenadora personal y coach certificada.
¿Qué le dirías a otras madres que quieren empezar?
Que comiencen con lo que tienen. No necesitas dinero, ni gimnasio, ni ropa cara. Solo necesitas compromiso. Da el primer paso, por pequeño que sea. La transformación empieza en la mente.